Veinte años después de aquella primera conexión brutal a través de Killadelphia, Lamb of God demuestra en Into Oblivion que aún sabe cómo hacerlo. Tras la inconsistencia de VII: Sturm und Drang, la banda de Richmond ha puesto rumbo directo a sus raíces más salvajes, recuperando ese fuego primal que caracterizaba sus primeros trabajos. Cada paso desde el esperanzador álbum homónimo de 2020 hasta el crudo y visceral Omens de 2022 convergía inevitablemente aquí: una vuelta a los fundamentos sin compromisos ni tendencias de por medio. Los riffs de Mark Morton y Willie Adler saludan desde el primer segundo en el track titular, una mezcla letal de chugs masivos, leads delicados y técnica pura que actúa como la puerta de entrada perfecta. Pero es "Parasocial Christ" donde todo explota: un tema thrash feroz que representa lo mejor que Lamb of God ha escrito en una década, con Randy Blythe entregando una de sus performances más viscerales, grabada en el legendario Total Access studio de Redondo Beach. Queda evidente que Into Oblivion fue diseñado para el directo. Mientras escuchas, visualizas sin esfuerzo los azotes de cuello bajo luces estroboscópicas en temas como "St. Catherine's Wheel", o los pits apocalípticos que desatarán los grooves aplastantes de "The Killing Floor" y "Blunt Force Blues". La nueva sección rítmica de Art Cruz deja zanjada definitivamente la ausencia de Chris Adler: esta banda sigue siendo una máquina de destrucción. Lo más fascinante es que Lamb of God logra inyectar experimentación satisfactoria sin caer en el bloat. Con apenas 39 minutos de duración, Into Oblivion es el álbum más contenido desde As the Palaces Burn (2003). Aún así, encuentran momentos para salirse de las líneas: "Sepsis" abre con una línea de bajo de John Campbell bañada en reverb inesperado, transformándose en un sludgefest monumental donde Blythe alterna entre un registro hablado y gritos desgarrados. Para los veteranos que añoraban aquellos días del metal extremo sin filtros, Into Oblivion será una bocanada de aire puro.